Haciendo Magia

No recuerdo cuándo fue la primera vez que pise un salón de danza ni el nombre de mis compañeras de clase puesto que tenía tan sólo 3 años, sin embargo, sí recuerdo la sensación de alegría que me daba estar en aquel santuario. Era como si el salón de danza fuera un mundo totalmente diferente al exterior donde lo único importante era poder proyectar lo que sentía, ser yo misma y disfrutar. No pasó mucho tiempo para que aquel salón se convirtiera en mi espacio favorito y para que el baile se transformara en mi actividad preferida.

Desde muy pequeña descubrí la magia del escenario, cuando sentí por primera vez mariposas en el estómago, aquellas que sólo se sienten cuando estás enamorada y cuando estás a punto de presenciar un momento emocionante y maravilloso. Cuando descubrí aquella actividad que se convertiría en mi pasión y de la cual estaría perdidamente enamorada.

Hoy, a pesar de no practicar la danza de manera profesional, puedo afirmar que ésta sigue siendo mi actividad favorita y que ha sido parte fundamental de mi vida. La danza, específicamente el Flamenco, me llevó a conocer a los amigos que se convirtieron rápidamente en mi familia, con quienes no sólo he compartido el escenario, sino con quienes también he compartido, risas, viajes, fiestas  y lágrimas. La danza me ha enseñado a entender mi cuerpo, a conocerlo y descubrir de lo que es capaz. Es impresionante todo lo que se puede expresar sin decir una sola palabra.

Pero más allá de lo anterior, lo que más me ha marcado y lo que más disfruto de bailar es poder hacer magia con mi cuerpo.

Cada vez que piso un salón de danza o un escenario, es como regresar a mi primer clase de baile: el mundo exterior desaparece y las mariposas en el estómago regresan porque en cada clase descubro algo nuevo de mí, expreso algo diferente y me enfrento a un nuevo reto. Cada clase y cada presentación es un acto de magia único e irrepetible; y lo más maravilloso de todo es que puedo compartir la magia con la gente y puedo hacerlos partícipes de la sinergia y la energía que se forma en el escenario.

Amo todo del baile: desde las ampollas que salen tras 8 horas de ensayo o al estrenar zapatos de flamenco nuevos, hasta el olor de la duela y las notas de la música vibrando en mis oídos. Cuando tengo ensayos larguísimos, hay gente que me pregunta que cómo lo logro, o que si no me da flojera. La realidad es que no me causa hastío tener que ensayar ocho horas; incluso hay días en los que ocho horas no me parecen suficientes.

El baile es una actividad que dedico 100% a mí: es mi retiro espiritual personal en donde dejo todos los problemas y preocupaciones afuera del salón y del escenario. Cuando bailo, el mundo no se cae, permanece de pie sin esfuerzo; el tiempo vuela y las sonrisas sobran.

Texto por: Mónica Flores
Fotografías: Mónica Flores y Angie Morales

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